Se muestra profundamente inverosímil llegar a examinar con detenimiento minucioso e introspectivo la mirada del Señor, en la cual parece latir una invitación silenciosa a sentarnos a su lado, convocándonos al reposo mediante un gesto cargado de serena intimidad, en los instantes que preceden a su sacrificio supremo de amor por la humanidad. Un amor que nada exige en reciprocidad: una paradoja incomprensible para quienes conciben el «querer» como un intercambio, y, sin embargo, la manifestación más pura, radical y sublime para quienes reconocen en la gratuidad su esencia más alta.
Silencio, cera y oración son las palabras acordes que el Señor de la Humildad ha vuelto a impregnar en nosotros un año más, demostrando, con la mayor sutileza existente, que Dios vuelve a escribir recto en sus renglones torcidos al entrar en su regreso por el dintel de la Parroquia de San Agustín. Su espalda, a la vista de todos. Al fondo, en un altar desolado, una madre ausente, y justo enfrente, en los bancos del templo, una vida humana de apenas meses de vida en brazos de su madre. Si giramos detenidamente la vista un poco más hacia el lado, otra primogénita derramaba sus lágrimas en el hombro de su madre. Así por todas las inmediaciones: historias que quedan por contar y, aunque la figura mariana sea ausente, el amor de él nos ha vuelto a recordar de que no estamos solos, y la humildad, siempre vence en el corazón. La verdad más grande, la de Dios, nos hará libre de la soledad.
David Rodríguez
Vocal de Juventud
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